Reflexiones

El ayer que se repite

Jamás se piensa en perder lo imperdible. Una madre no se reemplaza con nada. Es cruelmente única. Dios la hizo tan perfecta para sus hijos que ellos a lo único que aspiran en el mundo es llegar a ser como ella algún día. Pero ahora ya no está, no hay más modelo a seguir, no hay más consejera, no hay más cómplice ni soporte en la casa durante los duros momentos de la vida. Ahora solo se tienen ellos, los hijos, los que quedan, los que, algún día, también se irán dejando a sus propios hijos tal como se sienten ellos mismos ahora. Y entonces, todo se vuelve a repetir.

Es un ciclo interminable: nacer, vivir, morir. No hay descanso, no hay pausa que nos impulse a reflexionar sobre esto que ocurre a nuestro alrededor todo el tiempo. Nadie se detiene a pensar en este ciclo mientras vive, casi nunca se hace… casi… hasta que se muere tu madre. Es un golpe tan fuerte que te lleva al pasado y al futuro al mismo tiempo. Y entonces, dejas de correr por la vida y te sientas un rato para pensar en esto. ¿Qué pasó? ¿Qué pasa? ¿Qué pasará? Tu eterno presente ya no es tan fuerte y te embarga un poco de melancolía y angustia, propias del pasado y futuro respectivamente. Algo que creíste eterno, inquebrantable, como tu madre, simplemente dejó de existir en tu presente, dejó de moverse en la línea del tiempo, dejó de seguir tu ritmo. Es fuerte, pero como todo en la vida, es superable.

Cuando te sientas y piensas en esto, en este ciclo temporal en el que estamos atrapados sin remedio, en el que basta un quiebre, un evento, un fatal desenlace de algo o alguien que significa mucho en nuestras vidas… solo es en este momento en el que te das cuenta de que no eres tan especial como creías, no eres la excepción en la matrix, eres solo una pieza en el todo. Tus ojos cambian la mirada y experimentas una “libertad” de espíritu que se funde con tu ser y te lleva al siguiente nivel de tu existencia: la completa seguridad de que nada es seguro. Somos, como dice la canción, “polvo en el viento”, polvo que no tiene esa “libertad” porque su destino está sujeto a las condiciones que afecten al viento. El polvo se da cuenta de su sumisión, pero aún así se deja llevar. Es inevitable, no puede hacer más. Es una paradoja interminable nuestra existencia.

Escribo esto porque, al igual que hace dos años, ayer volví a vivir (aunque en menor intensidad) la muerte de mi madre. En mis sueños, en mis recuerdos, en mis sensaciones corporales. Fue un ayer que se repite y se repetirá mientras dure mi existencia. Un ayer que me vuelve a hacer reflexionar sobre el ciclo interminable del tiempo, de la vida.

Pero no crean que es malo todo esto. Es bueno sentir esto de vez en cuando, no es triste como pareciera ser. Es positivo ubicarnos en este mundo, darnos cuenta de los que somos, de nuestras limitaciones y vivir de forma consciente y despierta acerca de lo que inevitablemente pasará algún día: por ejemplo, la muerte o la vida.

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