Historias

Carne de caballo

Cuando despertó, corrió a verlo. Aún no se lo habían llevado. Ahí, durmiendo plácidamente, inocente de su destino. ¡Dios! ¡Qué ganas de abrazarlo! No se reprimió y se lanzó sobre él. Su relinchar le hizo saber que sus sentimientos eran correspondidos.

Tal vez serían las últimas veinticuatro horas que compartirían juntos, debía actuar con sabiduría y fuerza emocional. Regresó a su habitación, se vistió con su ropa más elegante, tomó su bolsita de maíz y salió a su última cita con Marcus.

El clima era perfecto, el sol evaporaba el rocío del césped y la suave brisa peinaba sus cabellos lisos y las crines de su amigo. Luego de dar unos pasos por la pampa que los albergaba, se detuvieron. Él se sentó sobre la hierba y uno a uno iba comiendo los granos de su bolsa mientras que Marcus agotaba sus últimas fuerza revolcándose en el pasto. ¡Qué ganas de llorar! ¡Qué impotencia!

Era la pobreza, era la mala cabeza de sus progenitores que ahora lo obligaban a separarse de su mejor y único amigo en el mundo. Todo el dinero en santos cristianos y jolgorios se había ido. Ya no habían vacas, ya no habían ovejas, a las gallinas el frío las mató y los huevos se los comieron. Solo quedaba Marcus. Él era el último recurso que sus padres explotarían para obtener algunas monedas, y aquel señor de la ciudad había prometido pagar bien por el equino. Doscientas monedas parecía mucho dinero. Pero su padre había dicho que en la ciudad la gente pagaría mucho más por cada kilo de la carne de Marcus.

Pero cuando se agotaran las monedas en su casa ¿quién seguía en la lista? Tal vez él mismo. Aún era joven, tenía todos sus dientes y había aprendido a leer. Era la pura desgracia.

Mientras secaba sus lágrimas de niño, su vista se plantó sobre una flor. Una diminuta, pero amarilla flor. De entre sus recuerdos, cogió uno en el que su abuela, ya muerta al igual que casi todo en su casa, le decía que jamás debía comer de esa flor porque después de unos días de comerla sentiría que su cuerpo iba a dejar de moverse e iría con más frecuencia al baño. Al final, la abuela le recordó que todo eso solo duraba unos días, pero que esos sería los peores días de su vida. Tal vez la abuela comío de aquella flor. Hablaba la voz de la experiencia.

En su pequeña mente, una idea surgió. Llamó a Marcus y con un puñado de las diminutas flores amarillas lo esperó.

Al día siguiente por la mañana, Marcus ya no estaba. Nunca más oyó su relinchar ni vió su caminar pisotear la fresca hierba de la pampa. Solo la satisfacción de que aquellos citadinos estarían tan disgustados como él lo estaba en ese momento, lo reconfortó. Era tiempo de seguir con su vida, y tal vez, encontrar a otro amigo en la enorme pampa en la que vivía.

 

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