Reflexiones

Hazte traductora decían…

Hoy es el Día Internacional de la Traducción (¡chan!). Ya sé, ustedes se acaban de enterar. Yo me enteré hace más o menos ocho años (sad moment). Y hace aproximadamente cuatro años me lancé a la piscina de la traducción freelance. Sí, me lancé sin flotador ni diccionario, pero con muchas ganas de aplicar lo aprendido y seguir aprendiendo. Como casi todo lo que hago en mi vida, incluyendo este blog.

¿Cómo me ha ido hasta ahora? Pues diré que no he llegado al clímax laboral, pero me he divertido y aprendido mucho. Vaya que sí lo he hecho y lo sigo haciendo.

Si hay algo por lo que tengo que estar agradecida con esta profesión es que, me ha permitido leer más, conocer los matices del lenguaje, trabajar desde cualquier parte de mi país con conexión a Internet, casi dominar el Microsoft Office, acelerar mi digitación en el teclado, aprender las posiciones del yoga y del kamasutra (en esto estoy bromeando, já). Pero sobre todo, estoy agradecida porque esta profesión me ha dado la tan ansiada independencia laboral durante mis primeros años de inmersión laboral después de mi graduación, y me ha obligado casi a palos a mejorar mi redacción (sigo en eso, disculpen mis deficiencias redactoras).

Sin embargo, tengo que confesar que muchas veces le he sacado la vuelta a la traducción. Sí, fui infiel. La engañé con la enseñanza de idiomas y la escritura creativa. Pero como todo buen amante, siempre he vuelto a ella. Siempre.

Escribo esta entrada no solo porque es el día del traductor y mis deditos gorditos están inquietos por teclear algo al respecto. También lo hago porque hace algunos días, una muy buena amiga, cuyo nombre prefiero mantener en reserva (Mentira. Bueno, solo diré que es mi tocaya y también es traductora), me invitó a leer una entrada en su blog (la entrada es “El Pez que vivía en la Torre de Babel“).

Dicha pequeña lectura me hizo pensar un poco. De inmediato, una serie de episodios de mi vida como freelance de la traducción desfiló en mi mente. Tazas de café, pijamas, ventanas abiertas en la pantalla de mi laptop mostrándome infinidad de diccionarios online, glosarios en pdf y mi mirada intermitente en el reloj. La palabra deadline, que tan delicada suena al pronunciarla, se clavó en mi mente como mantra. Creo que toqué fondo, algunas noches soñé con estructuras morfosintácticas bilingües. Un poco de drama latinoamericano para darle sabor a la cosa.

En fin, como les decía, la entrada de mi amiga me hizo reflexionar. Esto de la traducción, freelance o no, es loco, divertido, aburrido y hasta suicida, pero no es improvisado. Not at all. Y como lo dejé escrito en mi comentario a la entrada de mi tocaya: el trabajo del traductor no es fácil y mucho menos es gratuito (aunque algunos clientes lo piensen).

Los traductores e intérpretes vamos a estudiar cinco años de pregrado en la universidad. Luego, seguimos estudiando los postgrados y seguimos aprendiendo cada día con cada texto que traducimos. Cada profesional de la traducción construye su perfil y reputación casi por sí mismo, sin influencias (hermanísimos, como le dicen en mi país). Y todo eso en la casi absoluta invisibilidad profesional. No es una queja, no me malinterpreten. Es solo una observación. Ser invisibles es parte de la idiosincracia de esta profesión.

Alguna vez te has puesto a pensar ¿qué sería de tu vida sin poder comunicarte con los demás debido a la barrera del idioma? ¿qué sería del proceso de la globalización sin los traductores e intérpretes? Tu película, libro o programa de TV favorito no sería tu favorito si no pudieras entenderlo.

Hasta el momento, el ser humano no ha nacido con el don de las lenguas y no todos tienen el talento para aprender idiomas con facilidad (a veces, nos toma años de años aprender un nuevo idioma), así que por todo eso, el trabajo de los traductores es relevante para esta sociedad del siglo XXI.

No estoy esperando convencerte para que mañana te inscribas en la universidad y estudies traducción. Créeme, hay días en los que te podrías arrepentir de esa decisión, mejor estudia danza. Mi entrada solo pretende resaltar un poco más el valor de la labor traductora actualmente. Una labor que muchas veces se pretende relevar con los traductores automáticos o con las secretarias bilingües (no tengo nada en contra de las secretarias bilingües, mi madre también fue secretaria, no bilingüe, pero secretaria al final).

Espero que, la próxima vez que entregues tu hermoso texto escrito en una lengua extranjera (y por ende, incomprensible para tu mente monolingüe) a las garras del traductor online, lo pienses dos veces. Recuerda: cada vez que un cliente sube un documento al traductor automático, muere un traductor (solo estoy bromeando, já).

Podría seguir escribiendo páginas y páginas sobre este tema. Pero ya sé que te aburriste de seguir leyendo sobre lo mismo y creo que ya entendiste el mensaje. Así que, ya sabes, si conoces a algún humilde e invisible traductor, no dejes de saludarlo el día de hoy y los demás días del año, pues la traducción es, además, a veces, un trabajo solitario y un poco de contacto con otros humanos siempre nos cae requetebién.

Y ahora viene el cliché 😉

¡FELIZ DÍA INTERNACIONAL DEL TRADUCTOR!

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