Reflexiones

De la primavera al verano en Lima

Cada septiembre en Lima es lo mismo: colores, sonrisas, monarcas escolares, canciones, ropa casi veraniega, cánticos de pajaritos mañaneros, mariposas de papel pegadas en cada ventana y pared. Pero el cielo sigue nublado. Ni un ápice de rayo solar tibio que caliente la piel en las primeras horas de la mañana.

Aquí todos saben que es primavera, menos las nubes.

Y lo peor de todo es el ánimo de la gente. El limeño promedio no anda con la sonrisa dibujada en el rostro. Esto último es tal vez por la falta de horas de sueño y la sobra de horas en el tráfico.

Lima es bella, grande, ruidosa y gris. En serio, deseamos cantar al ritmo de la primavera, pero la verdad es que cada húmeda y oscura mañana nos roba el aliento primaveral.

La buena noticia es que, en Lima, la primavera tarda, pero llega. Durante aquellos días en los que octubre agoniza y noviembre empieza a saludar, se puede percibir los primeros rayos solares matutinos. Y lo mejor es que, para cuando el calendario marca diciembre, en lima ya empezamos a botar las casacas (chaquetas) y a usar los politos manga corta (T-shirts).

Y como seguro ya sabrán: en Lima, la navidad es veraniega. Sin embargo, la tradición nos condena a tomar chocolate caliente en nochebuena y comer panetón. Este último se verá reflejado en nuestra cintura y caderas para el mes de enero, momento en el cual se nos mete en la cabeza ir a la playa en bikini.

Hasta donde recuerdo, en Lima casi nunca se ha sobrepasado los 31°C (corríjanme si estoy equivocada, por favor). Pero la humedad te hace creer que vives en la misma morada de aquel famoso ángel caido (Lucifer, para los amigos).

Ni las sandalias, los domingos de playa, el ceviche ni el fútbol nos abandonan hasta febrero. Mes de los carnavales.

Tengo recuerdos reprimidos de cuando era niña y jugaba carnavales con mis hermanas y primos. En Lima, se jugaba con agua. Sí, con agua (en esos tiempos no eramos ecoamigables). Pequeños globos de colores, talco, baldes, mangueras y pintura. Todo era válido. Los domingos la chiquillada de todos los barrios populares jugábamos en plena calle, a vista, paciencia y goce de los adultos. Pero como todo en este país se corrompe con facilidad, los carnavales no fueron la excepción. Pronto los malandros se infiltraban en medio de los chibolos (niños) para tocar indebidamente a las incautas muchachas o robar a los más mansos participantes. Además, eso del calentamiento global tampoco ayudó mucho. Así que, tocó ahorrar agua y matar al carnaval de febrero. Ahora solo vemos el carnaval de Rio de Janeiro por TV (Já). Mentira, ni eso último hacemos ahora.

Finalmente, llega marzo y abril, y con ellos Lima vuelve a sus malas costumbres otoñales e invernales. Todo vuelve a la normalidad. Todo vuelve a ser gris. Para entonces, casi ni rastro ya queda del paso de la primavera al verano en Lima.

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