Historias

Sigue, adelante

Había subestimado los comentarios de la gente. El camino era más díficil de lo que se imaginó. Incluso, la palabra “difícil” era demasiado pequeña para describir la situación. Casi no sentía sus piernas, el aire se escapaba de su cuerpo con demasiada facilidad y se cobijaba en sus oídos negándole el placer de escuchar su entorno. El agua se agotaba y su cabeza danzaba en círculos mientras que una pequeña y terca voz en su cabeza lo acosaba con la frase: “sigue, adelante”.

Sin mirar el paisaje y con la mirada perdida en el horizonte, alentó a sus pies para continuar con la marcha. Ya estaba ahí, no tenía sentido arrepentirse, el destino valía la pena. Debía seguir caminando.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco o seis… pasos, minutos, horas o días, ya ni podía estar consciente del tiempo. Ese “maldibendito” lugar no hacía diferencias entre el día y la noche, entre la mañana y la tarde, entre el sol y la luna. Siempre estaba a medio vivir. Casi igual que él.

Al llegar a la siguiente roca del camino, se detuvo, necesitaba hacerlo, su cuerpo se lo pedía a gritos. Miró a su alrededor y comprendió por qué muchos otros jamás volvieron al pueblo después de emprender ese mismo camino. ¿Acaso era tan imposible llegar hasta aquella pequeña cabaña en la montaña negra?, se preguntó. Se decía que el viejo que vivía en la casita era el proveedor de la vida eterna, pero que para llegar a él se debía morir primero. Nunca entendió qué sentido tenía morir para vivir eternamente, hasta aquel momento. De un momento a otro, sintió que su corazón latía como el de un joven corcel. Se paró y sin ser muy consciente de sus movimientos se dejó guiar por su andar.

Nuevamente, uno, dos, tres, cuatro, cinco o seis… pasos, minutos, horas o días, ya no importaba. Había llegado y estaba parado frente a la misma cabaña del viejo. Desde su posición se veía tan insignificante, tan pequeña, tan falta de majestuosidad; sin embargo, albergaba al viejo, el viejo que le daría la vida eterna. Suspiró y avanzó los pocos pasos que le faltaban. Llegó.

El corazón ya había perdido su vigorosidad y apenas le podía robar aire a la atmósfera. Tomó su pequeña navaja roja y se hizo un corte en el brazo. Salió sangre y sintió el dolor. Aún estaba vivo. Tocó la puerta y una voz desde el interior dijo: “sigue, adelante. Te has demorado mucho tiempo”.

Durante una mañana soleada, se vio bajar desde la montaña a un desconocido anciano que jugaba con una pequeña navaja roja. Era el primer encuentro entre el viejo y el pueblo.

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