Reflexiones

El caldo de gallina abrigadora

Quien haya visitado Perú o haya nacido en Perú, sabrá que el frío nocturno en la costa y en la sierra del país es un milenario acompañante. Y como al peruano casi nunca le falta la creatividad, sobre todo en la cocina, se le ocurrió inventar una deliciosa y simple sopa, cuya protagonista es la mismísima progenitora del príncipe de la cocina peruana: el pollo. De esta bípeda y plumífera madre se obtiene una sustancia deliciosa, la cual entibia la sangre de los peruanos durante las frías noches de otoño, invierno y también durante casi todo el año.

En Lima, principalmente, tal vez no encuentres una discoteca abierta a las cuatro de la mañana en un día miércoles, pero lo que sí encontrarás por seguro será un pequeño puesto de comida, cuya especialidad es el caldo de gallina. Ya en mis días de vagabundeo por el país pude comprobar que casi en todas las principales ciudades, el caldo de gallina es el acompañante perfecto para caminantes, resfriados, trabajadores cansados y hasta fiesteros madrugadores. En lo particular, no soy fan número uno del platillo. Ese exceso de fideos sancochados me aturde. Sin embargo, no puedo negar que en mis más frías noches inapetentes, he recurrido al caldo de gallina como consuelo y me ha caído estupendamente.

Ahora bien, como todos sabemos, los comerciantes gastronómicos tienen sus trucos cuando de lucrar con nuestros estómagos se trata; por ello, no es extraño encontrar el cadáver de un gallo en nuestra sopa en lugar del de la gallinita. Claro que a estas alturas, ya casi a ningún comensal le importa mucho eso. Solo importa que, sabe bien, huele bien, llena bien y cuesta bien, es decir, es barato.

Sea gallo o gallina, siempre va acompañado del vástago sin nacer, un huevo duro. Además del fideo, otro ingrediente esencial es una papita amarilla. Ya saben, a los peruanos nos encantan las mezclas de carbohidratos ¡ÑAM! Cebolla china y canchita serrana salpicadas encima que se mezclan con unas gotas de limón y rocoto picado a gusto hacen que se arme un incendio en nuestra boca, se nos alegre el corazón y se nos caliente los pies y las manos mientras andamos solos, pobres y con hambre en esas frías noches peruanas.

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