Reflexiones

Los cigarrillos, me los guardo #31DeMayo #DíaMundialSinTabaco

Hoy, por ser fin de mes y por no tener nada mejor que hacer, llegué a casa ansiosa pensando en ordenar algunos de mis cachivaches que guardo caóticamente ordenados en mis cajas de plástico debajo de mi mesa o cama. De alguna manera, ordenar mis cachivaches me da un poco de felicidad instantánea.

Entré a mi habitación, me liberé de los tacones y la ropa ajustada para entrar en mi apacible ropa de casa. De inmediato, mi mirada atacó a las cajas de plástico mientras que en la otra esquina, mi perrita asustada me miraba presintiendo lo que estaba por venir: yo en medio de mis cachivaches sin saber por dónde empezar a ordenar y ella (mi perrita) sin poder pasar directo a su cama o a la mía. Pero en esta ocasión mi perrita presentía mal. Yo ya había ordenado meses anteriores, entonces el nivel de chachivachería era menor.

Empecé por las cajas que contienen libros, documentos, útiles de oficina y accesorios. Con toda la paciencia que me permite la noche, empecé a sacar cosa por cosa de las cajas. Por cada cosa que yo había guardado y ahora estaba sacando, me detenía una breve reflexión: ¿realmente necesito esto? ¿podría colocarlo en otro lugar? ¿alguien más lo necesitará? y así, así, hasta que pasó una hora y media y mis ojos se toparon con una negra cajita de cartón. Una corriente eléctrica sacudió mi cuerpo y un corto temblorcito me invadió. Era mi cajita de cigarrillos que, meses atrás, había guardado secretamente de los ojos de los demás.

¿Desde cuándo estarían ocultos aquellos cigarrillos? Abrí la caja y se asomaron cuatro rollitos blancos de papel. Era una caja de las grandes y solo quedaban cuatro. Recordé en ese instante el momento en el que los compré, mejor dicho, los reclamé. Fue una noche loca, una noche de copas, una noche de chicas con mis amigas en una discoteca hace trece meses. Mis amigas y yo pedimos uno de esos packs de lícor fuerte para amenizar la noche y como regalo nos darían una caja grande de cigarrillos. A los minutos, llegó el pack, pero no los cigarrillos; entonces, yo, diligentemente, perseguí al mesero que nos había traído el trago y le reclamé la caja de cigarros. “Se lo llevo a su mesa, señorita” me dijo. Esperé unos minutos mientras brindaba con mis amigas por nuestra soltería, luego se acercó el muchacho y me entregó la cajita negra. La recibí en mis manos como si fuera un tesoro. Éramos cuatro y mis amigas solo fumaron un cigarrillo cada una… yo me guardé la caja al bolsillo y de ahí iba sacando uno a uno los cigarrillos. Al fumar un cigarrillo sentía lo mismo que siento al terminar de leer un libro: satisfacción. Y entonces termino uno y ya quiero iniciar el siguiente, y así, así, sin un fin definido.

Pero algo sucedió esa noche, se armó una pelea entre algunos hombres del lugar, entonces, mis amigas y yo, más que satisfechas de estar casi ebrias, con el cuerpo molido por haber bailado y por el simple hecho de estar juntas, salimos del antro directo a nuestro hotel. Sí, acabo de recordar que en ese momento fuimos a acampar a la playa pero no encontramos lugar (por ser semana santa) entonces nos hospedamos en un hotel.

Esa noche, se quedaron cuatro cigarrillos dentro de la cajita negra que abrigaba el bolsillo de mi pantalón. Al volver a casa después de algunos días, debí haber guardado la cajita muy secretamente porque no la había visto durante mis anteriores impulsos de orden de mis cachivaches, pero hoy salieron a la luz. Era curioso que en un poco más de trece meses, yo no había fumado ni siquiera la pipa de la paz con mi ex. Yo misma estaba sorprendida de mi incosciente fuerza de voluntad para dejar el cigarrillo.

Dejé por algunos instantes la cajita negra de cigarrillos sobre mi cama y fui a buscar un encendedor en una exlata de galletas que guardo en mi clóset . Ya había sido suficiente tiempo de penitencia. Con el encendedor en una de las manos y la caja negra en la otra, me senté en mi cama mirando al vacío mientras mentalmente me hice las preguntas que todo buen gurú del orden se hace: ¿realmente necesito esto? ¿podría colocarlo en otro lugar? ¿alguien más lo necesitará? Regresé el encendedor a su lugar, metí la cajita negra en mi bolsillo y continué con mi labor anticachivachera. Necesitaba tiempo.

Después de casi dos horas más, finalmente terminé. Saqué una bolsa medio llena de basura, algunos objetos para acomodar en el sótano y regresé a mi habitación. Después de bañarme, tomé mi ropa sucia y me dirigí a la lavandería para tirarla en la canasta de ropa sucia, valga la redundancia. Pero antes revisé los bolsillos. Nuevamente, los cigarrillos me saludaban. “¡Rayos! Ustedes me persiguen”, les dije. Los tomé y me fui a mi habitación.

Ya con pijama, metida en la cama y con mi libro de turno en las manos, miré la cajita negra de cigarrillos que reposaba tranquila sobre mi velador. Después de unos segundos de contacto visual con la cajetilla, me dije mentalmente: “los cigarrillos, me los guardo… para casos de emergencia existencial”, extendí mi brazo, tomé la caja y la guardé en el cajón inferior de mi velador.

Al menos por hoy, respetaré las 24 horas de abstinencia de cualquier forma de consumo de tabaco.

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