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El pequeño ciudadano

Estaba harto. Había cargado sacos de maíz desde que pudo pararse firmemente sobre sus dos pies. Le habían dicho que su pequeña participación en la labor era indispensable para llenar con provisiones el almacén de la ciudad ante el inminente y catastrófico fin del mundo. Pero, todos los líderes y jefes jamás movían un dedo para levantar siquiera sus propios desperdicios.

El pequeño ciudadano ya ni recordaba la última vez que tuvo tiempo libre para contemplar un atardecer. El pequeño ciudadano estaba envejeciendo y el fin del mundo aún no llegaba. Claro, el fin de ‘su mundo’ estaba cada vez más próximo, eso lo deducía por el blanco de sus cabellos, pero el ‘otro fin’ ni siquiera se asomaba.

El pequeño ciudadano recordó que su abuelo y padre murieron recordándole que debía prepararse para afrontar la supuesta catástrofe, pero él ya dudaba de la veracidad de aquella tragedia. Lo único que podía notar era que el almacén de la ciudad jamás se llenaba, al igual que su propio estómago y los estómagos de sus compañeros. Sin embargo, los vientres de los líderes y jefes cada vez aumentaban de talla.

Una noche oscura de oscura reflexión, se sentó sobre su cama y se puso los zapatos. De pie y frente a su espejo, mirándose convencido, se dijo: “estoy tan condenado al desastre desde que nací que ya le perdí el miedo”. Tomó su sombrero y un hacha. Llegó al almacén de la ciudad cuando todos dormían aún. Usó el hacha para romper el candado y abrir las puertas. Uno a uno de los sacos, que durante años había cargado sobre sus hombros, los fue llevando a cada una de las puertas de las casas de sus compañeros. El ruido que hizo despertó a los demás ciudadanos. Sin intercambiar palabras, solo mirándose a los ojos, cada quien empezó a imitar el pequeño ciudadano.

Casi al amanecer, el almacén quedó vacío. Los líderes y jefes despertaron y al ver el almacén vacío, gritaron, gimieron, patalearon e hicieron todos los demás berrinches. Pero ninguno de ellos estaba dispuesto siquiera a tocar los sacos para regresarlos al almacén. Sus limpias ropas y prominentes vientres se lo impedían.

Aquella mágica mañana, los pequeños ciudadanos descansaron sobre la tibia arena mientras contemplaban los primeros rayos del sol y comían el delicioso maíz cocinado.

El día había empezado con el más arduo pero último trabajo de sus vidas.

El pequeño ciudadano ya estaba más que listo para enfrentarse al fin del mundo mientras feliz contemplaba el hermoso atardecer.

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