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Lo que trajo el mar

Ya habían pasado tres días sin ver un solo rastro de peces. Mis hombres estaban cansados, ya casi se terminaban nuestras reservas de agua y el calor era insoportable. ¿Qué podíamos hacer? ¿encender los motores de los botes y regresar a casa? ¿cómo se sentirían nuestras familias al vernos regresar sin pescado en las redes?

Era un dilema: quedarnos en la mar y esperar al próximo cardumen o volver a casa con el sentimiento de fracaso en el alma. Por mayoría de voto, decidimos quedarnos y resistir un poco más hasta lograr llenar nuestras redes.

Esa noche no dormimos. Los seis hombres esperábamos sentados pacientemente sobre los dos botes de pesca. El agua se mecía plácidamente, el cielo de verano presumía sus brillantes estrellas, todos mirábamos el oscuro horizonte de aquella noche. De pronto, un sonido invadió nuestros tímpanos, nos miramos asustados, pero de inmediato sujetamos nuestras redes. El sonido venía del agua ¿acaso se aproximaba alguna criatura marina? No estábamos seguros, pero se oía como aleteos, aleteos bajo la mar. “Es un cardumen”, gritó uno de mis hombres… “Sí lo es”, confirmó otro. Con mis ojos desorbitados y el sudor a flor de piel, animé a mis hombres a no soltar las redes y a mantener la calma. Cada vez, el sonido se hacía más intenso en nuestros oídos. Ya estaba cerca, el agua empezaba a perder su calma y comenzaba a agitarse. “Es gigante”, “Probablemente sea más de uno”, “Es la respuesta a nuestras plegarias”… Efectivamente, era un cardumen. El agua de la mar empezó a danzar frente a nuestros ojos, los aleteos eran más intensos y muchos de los peces saltaban frente a nuestros botes. Entre el meneo de nuestras embarcaciones, tuvimos que organizarnos y sacar dos redes más para lanzarlas a la mar. Era la noche más productiva, pero también la más extraña de nuestras vidas. La suerte estaba de nuestro lado. Pero, cuando habíamos pensado que todo andaba de maravilla, los peces empezaron a nadar ejerciendo una fuerza tal, que arrastraron a nuestros botes detrás de ellos. Muy asustados y casi sin poder ver nada en medio de la oscuridad, no sabíamos si aquel cardumen había sido nuestro premio por tantos días de espera o nuestro castigo por nuestra terquedad de quedarnos. Solo atinamos a sujetarnos de los botes mientras los peces nos arrastraban en medio del mar durante la noche. Después de casi diez minutos de aquel paseo forzado, los peces tropezaron con algo y entonces los botes se detuvieron. Era el fin del paseo. Mirándonos los unos a los otros y sin decir palabra alguna, tomamos el control de la situación y recogimos las redes con casi la totalidad del cardumen en ellas. Navegamos de regreso a casa durante el resto de la noche con nuestras ostentosa carga. Todo había estado predestinado, incluso los motores de nuestros botes lo sabían al conducirnos hacia el muelle sin casi ser manipulados…

*

Muy temprano por la mañana una pequeña corría por el muelle y al ver dos botes en la orilla, corrió a llamar a su mamá. La madre de la pequeña llegó corriendo y casi por impulso saltó sobre uno de los botes del muelle. Sin aliento y con los ojos empapados en lágrimas removió dos redes repletas de pescado que yacían sobre uno de los botes… de inmediato, los cuerpos sin vida de tres pescadores se descubrieron ante sus ojos.

Habían llegado más personas al puerto y otra mujer salió del medio de la multitud avalanzándose sobre el otro bote. Era el mismo escenario, dos redes repletas de pescado y tres cuerpos sin vida, uno de esos cuerpos, el de su marido.

Las demás personas en el muelle solo guardaron silencio contemplando con tristeza y asombro a aquellas dos mujeres que lloraban desconsoladamente al descubrir lo que trajo el mar.

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