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Mi humildad

La humildad puede ser uno de aquellos sentimientos tan distantes de nuestra realidad que cuando apenas divisamos el mínimo rastro de ella en un ser vivo, de inmediato lo relacionamos con la típica frase, ‘aquí hay gato encerrado’ o con otra muy conocida también, ‘algo debe querer por eso se comporta así’. Creo que esta última me la acabo de inventar, pero esa es la idea. Decía… la humildad puede ser uno de aquellos sentimientos tan manipulables e innatos en nosotros que, incluso, cuando estamos haciendo uso de ella de forma totalmente inconsciente, nos nace un pequeño diablillo que al oido nos susurra: ‘ya los convenciste, ahora ¡ataca!’. Tal vez esto último podría aplicarse con un minúsculo margen de error a los políticos y famosos de nuestros días.

Pero, no todo es pesimismo con respecto a la humildad de nuestros tiempos, aun quedan ciertos seres en este hermoso planeta que verdaderamente nos muestran su más sincera muestra de humildad. Basta con ver la mirada de tu mascota mientras lo regañas por alguna ‘asquerosidad’ o ‘travesura’ que hizo. O basta con apreciar la dedicación con la que tu perro te lame los pies cuando te sacas los calcetines después de llegar a casa luego de un agotador día de trabajo. Si la memoria literaria no me falla, el último lavado de pies desinteresado e humilde de la historia fue protagonisado por Jesús de Nazareth.

Yo no quiero entrar en predicamentos religiosos o moralistas con este tema, solo es que, hoy, justo hoy, me levanté por la mañana, me miré al espejo y ¡wow! Como casi nunca, vi mi cabello despeinado reluciente, mi rostro estaba pulcro y mis mejillas sonrojadas. Realmente, me gusté mucho parada ahí frente al espejo. Pero por cuestiones de ética personal, mi mente de inmediato reaccionó y mi sentido común y ‘humildad’ florecieron. ‘Es solo la posición de la luz la que me hace ver radiante’… ‘y bueno, anoche dormí más que quieta en un solo lado de la cama, por eso mi cabello ni se maltrató’. Finalmente, me volví a mirar de reojo en el espejo y resolví cambiarme de ropa sin dejar, de rato en rato, de dar disimuladas miradas al espejo.

Definitivamente, esa mañana fui tan humilde como lo establece el código socialmente aceptado de la humildad en nuestros tiempos.

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