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Haciendo nada

Una mañana de verano me levanté molesta por el tic tac del reloj colgado en la pared de mi habitación. No era lunes, no era martes, era domingo. No tenía que hacer nada responsable por el resto del día. Tenía el permiso social para ser una completa vaga buena para nada, así que, después de darme un merecido baño de burbujas, me sumergí dentro de mi pijamas otra vez y encendí la televisión.

Ahí, recostada sobre mi cama mirando aquella cuadrada caja de metal, me di cuenta de que estaba desperdiciando mi tiempo libre, realmente no encontraba un solo show que valiera mi tiempo de vaga. Luego de casi una hora de zapping, decidí apagar la televisión. Me dirigí a la cocina, en verdad, hacer nada me había abierto el apetito. Revisé mi refrigerador y solo encontré pollo crudo, huevos crudos, leche y algunas frutas. Lo había olvidado… eso de hacer el mercado… me dije a mí misma que lo haría en mi tiempo libre y hoy era mi tiempo libre, pero justo quería hacer nada en mi tiempo libre y esto de la falta de provisiones lo estaba arruinando. Tomé una manzana apresuradamente y regresé a mi cama. Ahí esparramada boca arriba sobre la cama y mordisqueando la manzana mientras miraba el techo, me pregunté ¿qué hace un humano normal cuando no está haciendo nada? Definitivamente el techo no me dio la respuesta, pero una araña que colgaba de este sí que lo hizo. Recordé que uno de los días de la semana anterior vi una araña parecida en una de mis paredes y me prometí a mí misma terminar con esa vida arácnida el fin de semana. Pero estaba en mi día de descanso, por qué tenía que hacer la limpieza en mi día de descanso… Una vez leí en la biblia que el Señor Dios había dicho que en el día de descanso no se debe hacer nada. Yo ya no soy religiosa, pero en esta idea bíblica sí que estaba de acuerdo. Ignoré a la araña acróbata y le dí un mordisco final a mi manzana. Seguí ahí con la mirada perdida en cualquier otro lado de mi habitación. De pronto, saltó a mi vista el libro de ciencia ficción que deje a la mitad el día lunes por tener que salir más temprano para alcanzar el bus de las 7am. En realidad sentía mucha curiosidad por saber cómo el protagonista arreglaría su máquina del tiempo para volver a su presente. Pero ya había pasado horas de horas frente al computador toda la semana y tenía la vista cansada. Además, la letra de aquel libro era muy pequeña.

Ya estaba empezando a frustrarme el ocio del momento. En ese instante, llegó a mi teléfono una notificación, alguien me había etiquetado en un estado. Era una amiga del colegio que había publicado una de esa imágenes en las que les recuerda a sus amigas que deben volver a verse pero que nunca encuentran una fecha disponible en sus ocupadas agendas. La verdad ya estaba más que harta de aquella red social y de mis “amigos virtuales”, pero, por masoquismo, igual le di una pasada de dedo para ver qué actualizaciones había: bebés que no conozco, fotos familiares de gente que no conocía, paisajes ocultos por las caras de mis contactos, memes, algunos buenos y otros fatales, perritos, gatitos, políticos, publicidad, alguien por ahí se casó y no me invitó, cenas corporativas, más fotos de bebés, más perros… mentalmente me detuve y solté el teléfono. No era posible, había algo que yo pudiera hacer mientras estaba haciendo realmente nada. La misma idea me confundía y entonces el estómago me recordó que ya era más de mediodía y necesitaba alimento sólido. Tomé el teléfono nuevamente y pedí un pollo a la brasa… sí un pollo entero… lo sé era demasiado para mí sola, pero fue puro instinto, estaba realmente frustrada esa mañana y mi ansiedad quería comer en cantidad, o al menos eso creía. El pollo llegó y yo ya no tenía hambre. Realmente ese era un día fatal. Me dio ganas de llorar y lloré, lloré mucho tirada en el suelo de mi habitación. Cuando el ardor de mis ojos me alertó de que debía parar de llorar, paré.

Una especie de alegría sentí brotar desde el fondo de mi corazón y entonces sonreí. Me paré y fui a mirarme al espejo, estaba nuevamente toda sucia y sudada. El calor de la tarde era implacable, abrí las ventanas de la casa y fui a bañarme nuevamente. Al salir de la ducha recordé que no había almorzado por perder tiempo llorando en el suelo. Me dirigí a la cocina y calenté una pierna del pollo a la brasa. Realmente ya no tenía mucha hambre, pero comí por adelantado, por si me daba hambre más tarde. Terminé de desgarrar el último pedazo de carne de aquella pierna de pollo y fui a lavarme las manos, mientras lo hacía vi las plantas de mi jardín, todas marchitas. Recordé que había comprado una regadera nueva… ya saben… como para regar mis plantas con estilo. Fui muy entusiasmada a sacar mi nueva regadera roja para regar mi plantas. En ese instante, un viento suave empezó a aproximarse, y de pronto, la lluvia empezaba a caer… ¡Maldita sea! dije en mi cabeza, justo cuando había decidido hacer algo, la naturaleza me traiciona.

Más que frustrada regresé a mi habitación y me puse calcetines de lana mientras me metía en la cama. Sorprendentemente, la temperatura del ambiente bajó y era como haber pasado en cuestión de segundos del verano al invierno. Me quedé acostada en la cama mientras miraba la lluvia caer detrás de mi ventana. No me di cuenta cuando me quedé dormida. Al despertar, la lluvia ya había pasado. Un ladito de mi corazón se alegró y entonces miré el reloj: las 21 horas. ¿Cómo era posible que haya dormido tanto? ¡Ya era de noche y no hice nada en mi día libre!

Salí de la cama solo para ir al baño y a los pocos minutos regresé a ella. Ya era tarde y al día siguiente tenía que levantarme temprano para… bueno… hacer cosas importantes que me impedían hacer las cosas que me gustaba hacer. Había sido muy duro hacer algo cuando se estaba haciendo nada.

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