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La perrita blanca

La perrita blanca nació en un hogar pobre.

La perrita blanca no tenía raza definida, su madre tampoco la tenía, pero no por eso dejaban de ser perritas. Ellas sabían lo que eran y sus humanos lo tenían muy claro.

La perrita blanca dejó la teta y empezó a comer solita, también escogió su baño en un lugar idóneo, según la opinión de sus humanos.

La perrita blanca jugaba todo el día y dormía profundamente mientras soñaba con los rostros de sus humanos. Para la perrita blanca el tiempo era eterno. Ella sentía que había conocido a sus humanos incluso antes de darse cuenta de que había nacido.

El único problema eran los momentos en que la dejaban solita a ella y su madre. La perrita blanca sentía que todo el amor que sentía en su pequeño cuerpo estaba siendo asesinado cuando sus humanos se iban y la dejaban. A su madre parecía no importarle mucho, pero a la perrita blanca le dolía el alma cuando veía la puerta cerrar detrás de sus humanos

¿A dónde van? se preguntaba la perrita blanca… ¿A dónde van?

Un día, cansada de la intriga que carcomía su pequeña cabecita, la perrita blanca ideó un plan. Toda la noche intentó abrir con sus patitas la ventana junto a la puerta principal. Así lo logró. A la mañana siguiente, sus humanos se fueron nuevamente. La perrita blanca los miró muy quieta desde el pasadizo. A los pocos segundos de cerrarse la puerta detrás de sus humanos, la perrita blanca saltó hacia la ventana que ella misma había abierto la noche anterior.

La perrita blanca no pensaba, sus impulsos la guiaban. La perrita blanca saltó a la calle y su olfato le indicaba el rastro de sus humanos.

Ahí estaban ellos, cruzando ese camino largo. La perrita blanca corrió lo más que pudo con sus patitas cortas y sus orejas dobladas hacia atrás.

Un fuerte golpe acompañado de un pequeño gemido se oyó. La perrita blanca se quedó tumbada en aquel camino largo por donde los humanos suelen sacar a pasear a sus automóviles.

La perrita blanca durmió mucho tiempo, mucho tiempo… cuando finalmente despertó, un rostro nuevo conoció. Era un humano diferente. De inmediato, la perrita blanca se desesperó. Quería ver a sus humanos, exigía verlos. Pasó un rato… un largo rato. Ahí estaban sus humanos otras vez junto a ella.

La perrita blanca decidió no volver a meter sus narices en los asuntos de sus humanos. Si a ellos les apetecía cruzar peligrosos caminos largos todas las mañanas, ese no era más su problema. De todos modos, los vería al final del día y, en venganza por su abandono temporal, descargaría todo su amor sobre ellos.

A partir de ese momento, la perrita blanca acompañaba a su mamá en aquellas largas siestas, interrumpidas por uno u otro jugueteo, mientras esperaban a sus humanos.

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