Historias

El esclavo

El esclavo es esclavo pero aún no lo sabe.

Hubo un esclavo que nació en una fecha que el calendario le impuso. Aceptó el nombre que más le gustó a sus padres. Fue a la escuela y estudió lo que el sistema mandaba.

Con los años, el esclavo era más alto, fuerte y creyó ser libre por un momento, entonces vino un jefe y lo volvió a esclavizar. El jefe lo usó por algunos años y para que el esclavo no se sintiera mal, le daba dinero. Después de ese jefe, vinieron más como él.

El esclavo, en plena esclavitud, se enamoró, o por lo menos creyó estarlo. Ella era una esclava que seguía esclavizantes patrones de belleza con la esperanza de que, algún día, un esclavo se enamorara de ella. Y así fue.

Los esclavos tuvieron un hijo, solo uno porque su posición de esclavos no les permitía mantener más niños. Al pequeño esclavo lo alimentaron con los productos que la tierra y los animales esclavizados les brindaban. El niño creció como esclavo, pues la esclavitud es hereditaria.

Un día cualquiera, los esclavizados padres murieron y solo le heredaron a su hijo un grueso manual de vida acerca de ¿Cómo ser un buen esclavo y no meterte en problemas? Era suficiente…

“¡Error!” se dijo el niño esclavo una mañana mientras contemplaba los primeros rayos del sol. Ya no era un niño, era un hombre de sesenta años que había pasado toda su vida siguiendo el manual del esclavo al pie de la letra. Estaba solo en el mundo sin más compañia que el dinero ahorrado que tenía en el banco.

Era un esclavo, sí, esa mañana se dió cuenta de eso. Pero era un esclavo con dinero. Al menos valió la pena, se dijo.

Toda su vida fue esclavo para obtener dinero, pues ahora había decidido esclavizar al dinero. Haría lo que le venga en gana.

Empezó a usar su dinero de esclavo y compró muchas cosas que siempre quiso tener, pero nada de eso lo hacía menos esclavo y más libre; por el contrario, se sentía peor. Todo eso solo se sentía como una felicidad fugaz, nada que ver con la libertad. Años de años malgastados en una absurda esclavitud que solo lo llevó a ganar dinero que ahora no lo hacía más libre.

¿A dónde se había ido toda su vida? ¿A dónde la había dejado ir?

No lo permitiría más… tomó el resto de dinero que le quedaba, tomó su mochila y se puso las zapatillas… esta vez se iba a ser libre, de verdad.

Ancón, Lima.

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